A Manuel y a Marita les encantaba ir a El corte inglés. Desde pequeños, sus padres los llevaban cada vez que visitaban una ciudad y ellos pasaban horas entre los escaparates, perdiéndose entre los tantos productos que allí se vendían en ese mundo de opciones para todos los gustos.
Al principio, los juguetes eran cita obligada y ya más tarde lo fueron los zapatos, la ropa elegante y la tecnología. Siempre juntos, compartían sus preferencias y se inventaban historias fantásticas sobre cómo y dónde usarían cada una de las cosas que querían comprar.
Un día de agosto, Manuel lo supo. Supo que la fuerza de esa amistad que no entendía de desgastes poco tenía que ver con los escaparates de aquellas famosas tiendas. La verdadera fortaleza radicaba en cada uno de esos momentos que habían pasado juntos compartiendo sueños, miradas, historias inventadas y silencios.
