Hoy corrí la cortina y me llamó la atención encontrarte detrás. Pensé que quizás era un efecto visual pero pasó un rato y te encontré también cuando abrí un cajón. Sorprendido, me tiré en mi cama a leer un libro y curiosamente todos los personajes de siempre que me acompañan en mis momentos de soledad se llamaban como vos y tenían tu cara. Es increíble cómo estás en todos lados.
Francamente, me molesta que todo tenga algo que ver con vos. Y que lo que no lo tenga, se transforme.
Porque estás en las cosas que hago, estás en las que no, estás en las que pienso, estás cuando río, estás cuando siento, estás cuando suspiro, estás cuando cierro los ojos, estás hasta cuando duermo.
Pensar en vos es un pasatiempo constante, es un denominador común en todo. Y claro… cómo no vas a estar si te amo. Te amo por tantos motivos… sos como mi hogar, mi refugio. Me recuesto sobre tus hombros y todo desaparece.
Pero… ¡basta de aparecer! Recién salí a caminar para tomar aire y tratar de solucionar de alguna forma esto que me pasa. Descubrí que estás también en la mirada de la gente, en la risa, en todas y cada una de las hojas de los árboles… me molestó bastante y decidí mirar hacia otro lado. Fue peor cuando miré al cielo. El viento juega con mis nervios y te dibuja en cada una de las nubes que vigilan mi andar.
Finalmente, me puse contento porque creí encontrar la solución y me propuse mirar al Sol. Más allá de que sea incómodo, era seguro que no podías estar ahí. Todo brilloso, un blanco increíble, tan puro… mis ojos estaban casi cerrados por completo hasta que se acostumbraron a la luz, escudados por mis pestañas. Y fue en ese momento cuando te volví a ver. Sonriente y con esa mirada especial inclusive desde esa estrella lejana.
No hay caso. Estás por todas partes. Y me gusta tanto…
