La persona detrás del personaje

Mi espacio para expresar todas esas cosas que siento y pienso

Gabo y los orgasmos literarios abril 1, 2008

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Hace poco tuve la suerte de cruzarme con un gran libro: El amor en los tiempos del cólera. Si bien no es lo más aclamado de García Márquez, me parece que tiene mucho para rescatar y más allá de ciertos momentos de densidad descriptiva o detalles quizá excesivos, es realmente imperdible para cualquier amante de la buena literatura.

Y me pasó que leyendo el libro me fui encontrando con diferentes pasajes que de alguna forma me marcaron. Que me hicieron pensar que valía la pena remarcarlos. Y he aquí la publicación correspondiente.

Los bauticé ‘orgasmos literarios’ porque creo que eso es lo que son.

Los dejo con ellos:

1) El doctor Urbino la encontró sentada frente al to­cador, bajo las aspas lentas del ventilador eléctrico, po­niéndose el sombrero de campana con un adorno de violetas de fieltro. El dormitorio era amplio y radiante, con una cama inglesa protegida por un mosquitero de punto rosado, y dos ventanas abiertas hacia los árboles del patio por donde se metía el estruendo de las chi­charras aturdidas por presagios de lluvia. Desde el re­greso del viaje de bodas, Fermina Daza escogía la ropa de su marido de acuerdo con el tiempo y la ocasión, y la ponía en orden sobre una silla desde la noche anterior para que la encontrara lista cuando saliera del baño. No recordaba desde cuándo empezó también a ayudarlo a vestirse, y por último a vestirlo, y era consciente de que al principio lo había hecho por amor, pero desde unos cinco años atrás tenía que hacerlo de todas maneras porque él no podía vestirse por sí solo. Acababan de celebrar las bodas de oro matrimoniales, y no sabían vivir ni un instante el uno sin el otro, o sin pensar el uno en el otro, y lo sabían cada vez menos a medida que se recrudecía la vejez. Ni él ni ella podían decir si esa servidumbre recíproca se fundaba en el amor o en la comodidad, pero nunca se lo habían preguntado con la mano en el corazón, porque ambos preferían desde siempre ignorar la respuesta. Ella había ido descu­briendo poco a poco la incertidumbre de los pasos de su marido, sus trastornos de humor, las fisuras de su memoria, su costumbre reciente de sollozar dormido, pero no los identificó como los signos inequívocos del óxido final, sino como una vuelta feliz a la infancia. Por eso no lo trataba como a un anciano difícil sino como a un niño senil, y aquel engaño fue providencial para ambos porque los puso a salvo de la compasión.

 

2) Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado.

 

3) Dio instrucciones correctas al cochero para que lo llevara a la casa de los dos enfermos que le faltaba por ver, y subió en el coche sin ayuda. Pero empezó a sentirse mal con los saltos en las calles empedradas, así que le ordenó al cochero cambiar de rumbo. Se miró por un instante en el espejo del coche y vio que también su imagen seguía pensando en Fermina Daza.

Finalmente, la descripción del encuentro íntimo entre Fermina y Juvenal:

4) La cuarta noche, cuando ambos reanudaron sus hábitos ordinarios, el doctor Juvenal Urbino se sorprendió de que su joven esposa no rezara antes de dormir. Ella le fue sincera: la doblez de las monjas le había provocado una resistencia contra los ritos, pero su fe estaba in­tacta, y había aprendido a mantenerla en silencio. Dijo: «Prefiero entenderme directo con Dios». Él compren­dió sus razones, y desde entonces cada cual practicó la misma religión a su manera. Habían tenido un no­viazgo breve, pero bastante informal para la época, pues el doctor Urbino la visitaba en su casa, sin vigi­lancia, todos los días al atardecer. Ella no hubiera per­mitido que él le tocara ni la yema de los dedos antes de la bendición episcopal, pero tampoco él lo había inten­tado. Fue en la primera noche de buena mar, ya en la cama pero todavía vestidos, cuando él inició las pri­meras caricias, y lo hizo con tanto cuidado, que a ella le pareció natural la sugerencia de que se pusiera la ca­misa de dormir. Fue a cambiarse en el baño, pero antes apagó las luces del camarote, y cuando salió con el ca­misón embutió trapos en las rendijas de la puerta, para volver a la cama en la oscuridad absoluta. Mientras lo hacía, dijo de buen humor:

—Qué quieres, doctor. Es la primera vez que duermo con un desconocido.

El doctor Juvenal Urbino la sintió deslizarse junto a él como un animalito azorado, tratando de quedar lo más lejos posible en una litera donde era difícil estar dos sin tocarse. Le cogió la mano, fría y crispada de terror, le entrelazó los dedos, y casi con un susurro empezó a contarle sus recuerdos de otros viajes de mar. Ella estaba tensa otra vez, porque al volver a la cama se dio cuenta de que él se había desnudado por com­pleto mientras ella estaba en el baño, y esto le revivió el terror del paso siguiente. Pero el paso siguiente de­moró varias horas, pues el doctor Urbino siguió ha­blando muy despacio, mientras se iba apoderando milímetro a milímetro de la confianza de su cuerpo. Le habló de París, del amor en París, de los enamorados de París que se besaban en la calle, en el ómnibus, en las terrazas floridas de los cafés abiertos al aliento de fuego y los acordeones lánguidos del verano, y hacían el amor de pie en los muelles del Sena sin que nadie los molestara. Mientras hablaba en las sombras, le acarició la curva del cuello con la yema de los dedos, le acarició las pelusas de seda de los brazos, el vientre evasivo, y cuando sintió que la tensión había cedido hizo un pri­mer intento por levantarle el camisón de dormir, pero ella se lo impidió con un impulso típico de su carácter. Dijo: «Yo lo sé hacer sola». Se lo quitó, en efecto, y luego se quedó tan inmóvil, que el doctor Urbino hu­biera creído que ya no estaba ahí, de no haber sido por la resolana de su cuerpo en las tinieblas.

Al cabo de un rato volvió a agarrarle la mano, y entonces la sintió tibia y suelta, pero húmeda todavía de un rocío tierno. Permanecieron otro rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mien­tras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cor­dial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo. Se alegró de estar a oscuras para que él no le viera el rubor abrasante que la estremeció hasta las raíces del cráneo. «Calma—le dijo él, muy calmado—. No se te olvide que las conozco.» La sintió sonreír, y su voz fue dulce y nueva en las tinieblas.

—Lo recuerdo muy bien —dijo—, y todavía no se me pasa la rabia.

Entonces él supo que habían doblado el cabo de la buena esperanza, y le volvió a coger la mano grande y mullida, y se la cubrió de besitos huérfanos, primero el metacarpo áspero, los largos dedos clarividentes, las uñas diáfanas, y luego el jeroglífico de su destino en la palma sudada. Ella no supo cómo fue que su mano llegó hasta el pecho de él, y tropezó con algo que no pudo descifrar. Él le dijo: «Es un escapulario». Ella le acarició los vellos del pecho, y luego agarró el matorral completo con los cinco dedos para arrancarlo de raíz. «Más fuerte», dijo él. Ella lo intentó, hasta donde sabía que no lo lastimaba, y después fue su mano la que buscó la mano de él perdida en las tinieblas. Pero él no se dejó entrelazar los dedos sino que la agarró por la muñeca y le fue llevando la mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó, incluso al contrario de lo que ella misma hubiera imaginado, no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Vir­gen, apretó los dientes por miedo de reírse de su propia locura, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas, asustada de su deter­minación pero compadecida de su soledad, haciéndolo suyo con una curiosidad minuciosa que alguien menos experto que su esposo hubiera confundido con las ca­ricias. El apeló a sus últimas fuerzas para resistir el vér­tigo del escrutinio mortal, hasta que ella lo soltó con una gracia infantil, como si lo hubiera tirado en la basura.

—Nunca he podido entender cómo es ese aparato —dijo.

Entonces él se lo explicó en serio con su método magistral, mientras le llevaba la mano por los sitios que mencionaba, y ella se la dejaba llevar con una obedien­cia de alumna ejemplar. Él sugirió en un momento pro­picio que todo aquello era más fácil con la luz encen­dida. Iba a encenderla, pero ella le detuvo el brazo, di­ciendo: «Yo veo mejor con las manos». En realidad quería encender la luz, pero quería hacerlo ella y sin que nadie se lo ordenara, y así fue. El la vio entonces en posición fetal, y además cubierta con la sábana, bajo la claridad repentina. Pero la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al dere­cho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclu­sión: «Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres». El estuvo de acuerdo, y señaló otros incon­venientes más graves que la fealdad. Dijo: «Es como el hijo mayor, que uno se pasa la vida trabajando para él, sacrificándolo todo por él, y a la hora de la verdad ter­mina haciendo lo que le da la gana». Ella siguió exa­minándolo, preguntando para qué servía esto, y para qué servía aquello, y cuando se consideró bien infor­mada lo sopesó con las dos manos, para probarse que ni siquiera por el peso valía la pena, y lo dejó caer con un esguince de menosprecio.

—Además, creo que le sobran demasiadas cosas —dijo.

Él se quedó perplejo. La propuesta original para su tesis de grado había sido esa: la conveniencia de sim­plificar el organismo humano. Le parecía anticuado, con muchas funciones inútiles o repetidas que fueron imprescindibles para otras edades del género humano, pero no para la nuestra. Sí: podía ser más simple y por lo mismo menos vulnerable. Concluyó: «Es algo que sólo puede hacer Dios, por supuesto, pero de todos modos sería bueno dejarlo establecido en términos teó­ricos». Ella se rió divertida, de un modo tan natural, que él aprovechó la ocasión para abrazarla y le dio el primer beso en la boca. Ella le correspondió, y él siguió dándole besos muy suaves en las mejillas, en la nariz, en los párpados, mientras deslizaba la mano por debajo de la sábana, y le acarició el pubis redondo y lacio: un pubis de japonesa. Ella no le apartó la mano, pero man­tuvo la suya en estado de alerta, por si él avanzaba un paso más.

—No vamos a seguir con la clase de medicina —dijo.

—No —dijo él—. Esta va a ser de amor.

Entonces le quitó la sábana de encima, y ella no sólo no se opuso, sino que la mandó lejos de la litera con un golpe rápido de los pies, porque ya no soportaba el calor. Su cuerpo era ondulante y elástico, mucho más serio de lo que parecía vestida, y con un olor propio de animal de monte que permitía distinguirla entre to­das las mujeres del mundo. Indefensa a plena luz, un golpe de sangre hirviendo se le subió a la cara, y lo único que se le ocurrió para disimularlo fue colgarse del cuello de su hombre, y besarlo a fondo, muy fuerte, hasta que se gastaron en el beso todo el aire de respirar.

El era consciente de que no la amaba. Se había ca­sado porque le gustaba su altivez, su seriedad, su fuerza, y también por una pizca de vanidad suya, pero mientras ella lo besaba por primera vez estaba seguro de que no habría ningún obstáculo para inventar un buen amor. No lo hablaron esa primera noche en que hablaron de todo hasta el amanecer, ní habían de ha­blarlo nunca. Pero a la larga, ninguno de los dos se equivocó.

Al amanecer, cuando se durmieron, ella seguía sien­do virgen, pero no habría de serlo por mucho tiem­po. La noche siguiente, en efecto, después de que él le enseñó a bailar los valses de Viena bajo el cielo sideral del Caribe, él tuvo que ir al baño después que ella, y cuando regresó al camarote la encontró esperándolo desnuda en la cama. Entonces fue ella quien tomó la iniciativa, y se le entregó sin miedo, sin dolor, con la alegría de una aventura de alta mar, y sin más vestigios de ceremonia sangrienta que la rosa del honor en la sá­bana. Ambos lo hicieron bien, casi como un milagro, y siguieron haciéndolo bien de noche y de día y cada vez mejor en el resto del viaje, y cuando llegaron a La Rochelle se entendían como amantes antiguos.

 

2 Responses to “Gabo y los orgasmos literarios”

  1. Sabrina Dijo:

    Entiendo perfectamente cuando usás la palabra “orgásmos” para definir algo q te sobrepasa de placer.

    Lo vivo muchas veces con la música y, con las cosas en gral. en las q me siento de ésta manera, prefiero y me gusta denominarlas así =)

  2. alvarofelipe Dijo:

    Hay más, muchos más de esos “orgasmos” en el libro.
    Buen post.
    Ah!, una aclaración y es que se te escapó algo: El amor en los tiempos del cólera SÍ es lo más aclamado de García Márquez. Críticos, lectores en general y el mismo García Márquez lo han manifestado.


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